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A estas alturas nadie es ajeno al furor con el que, desde hace ya bastantes años, hombres y mujeres de este nuestro mundo se han entregado y se entregan a la actividad deportiva de correr al aire libre. Hábito que, lejos de ser una moda pasajera, cuenta cada vez con más y más adeptos, algunos de los cuales, sin ser profesionales del atletismo, han hecho de él un auténtico modo de vida. De tal manera que hoy en día es cada vez más frecuente encontrar referencias a una nueva especie: el homo corredor u homo runner, caracterizado por su obsesión por correr, correr y correr, reactivando así una de las capacidades propias del ser humano, perdida por sus antecesores y cultivada en tiempos no muy lejanos solo por los deportistas de elite. Cierre el respetable lector los ojos y evoque las ocasiones en las que, en cualquier lugar y a cualquier hora del día, no se ha cruzado por la calle, el parque, el campo o la carretera con un congénere practicando lo que antes se denominaba footing o jogging y ahora todos conocen como running. Reconozca, incluso, con orgullo si no es él mismo uno de estos entusiastas de las endorfinas.

Dos corredores campo a través.
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La paulatina socialización —algún esnob osaría hablar de «democratización»— de este deporte saludable y la pasión con la que se practica, como era de esperar, han influido en la historia y en el uso de los tres vocablos recién mencionados. No puedo detenerme demasiado en ello, pero considero curioso apuntar que el galicismo semántico footing, en su origen, significaba ‘pasear’, como nos lo recuerda uno de los primeros testimonios españoles que poseemos, perteneciente a Mariano de Cavia, a quien la morfología de la palabra, como a otros muchos, le hizo pensar que se trataba de un anglicismo:

Todo es ya deporte. Todo cuanto se hace es para ganar algún campeonato. […] Hasta los actos más naturales se ejecutan, no por necesaria imposición de la Naturaleza, sino por puro «sport». ¿Hay, lector mío, algo más sencillo, más espontáneo, más elemental, más rudimentario que el andar a pie? Pues el andar a pie se ha convertido en un deporte de los más elegantes, con su correspondiente nombre en inglés para mayor distinción y necedad. Se llama el footing. [“De usted para mí”, Nuevo Mundo, 11/04/1912]

Desconozco en qué preciso instante se aumentó el ritmo de la marcha, pues ese paseo se convirtió en una carrera con velocidad moderada, ni si en ese cambio tuvo algo que ver la adopción del término inglés jogging, ‘trotar’, a finales de la década de los 70, momento desde el cual ambos son tratados como auténticos sinónimos. Así se refleja también en el DRAE, en cuya 22.ª edición, de 2001, se recogen por primera vez, si bien descritos de una manera un tanto anacrónica como ‘paseo higiénico’ (sintagma que en 2014 se modificó felizmente por el de ‘actividad deportiva’).

La irrupción arrolladora e imparable de la voz running —y del sustantivo runner—, a lo que parece primero en el español de América (2003, México; Corpus del español del siglo XXI) y después en el español de España (2012), modificó el panorama lingüístico descrito. De una parte, era obligatorio dar nombre a ese movimiento social y universal vertebrado por la exaltación por correr; pero, de otro lado, no menos oportuno era diferenciarse de la práctica hasta entonces atemperada de dicho deporte. Ello ha conducido al ocaso de footing y jogging, que bien pudieran recibir en estos momentos la calificación de voces anticuadas y hasta en ocasiones menospreciadas. De forma que, a la pregunta «¿Dónde ha quedado el viejo “footing”?», Raúl Gómez, conductor de los espacios televisivos Maraton Man y The Running Show, responde: «Los runners lo hemos matado. Ya nadie dice que sale a hacer footing por vergüenza» (Papel, 25/01/2018). Consideraciones que explican el porqué en la web de una de las tiendas de deportes más conocidas en España, con fines meramente mercantiles, se haya redefinido el jogging —y no el footing— como «la práctica del running de manera ocasional para mantenerte saludable o como complemento de otro deporte con el fin de mejorar tu rendimiento físico». Sea como sea, running y runner son términos cuyo empleo se ha extendido y consolidado en la actualidad, lo que obligaría a considerar su ingreso en el DRAE, a pesar de las recomendaciones de la Fundéu, que ya en agosto de 2013 se decantaba por el uso de carrera y corredor.

El espíritu competitivo y de superación que anima a los runners o corredores populares, cual Fidípides redivivos, se ha traducido en un progresivo endurecimiento de las pruebas atléticas en las que participan, de modo que, no sin cierta carga de amargura, Martín Fiz, el mejor maratoniano español de todos los tiempos, ha afirmado: «Lo que para mí es un modo de vida, para el deportista de ahora es una moda» (elconfidencial.com, 9/09/2016). De esta manera, de acuerdo con las características del lugar por donde se corre, se distingue entre carrera urbana o de asfalto, frente a cross, cross running o carrera campo a través, y frente a trail, trail running o carrera de montaña. Por lo que respecta a las distancias, nos encontramos con recorridos de una milla, de una legua o de dos, de 10 o 15 km, media maratón, maratón y ultramaratón. Con este último se designan todas aquellas carreras cuya distancia supera los 42.195 km que componen una maratón. En caso de desarrollarse en terreno montañoso, recibe el hombre de ultra trail o carrera de ultrafondo, aunque, como podrá comprobarse con algunos testimonios que se citarán a continuación, no siempre se observa esta dicotomía. Dentro de las ultramaratones, a su vez, se distingue entre aquellas que cubren una longitud concreta (50, 80, 100, 160 km) y las que transcurren en un tiempo específico, que puede abarcar hasta varios días, los necesarios, por ejemplo, para cubrir los 4.989 km de la neoyorquina Self-Transcendence 3100 mile race, la carrera más larga del mundo.

Aunque la morfología del término se adecue a nuestras reglas de formación de palabras: forma prefijada de origen latino ultra– ‘más allá’ + maratón, del tipo ultramar, ultrasonido, ultratumba, se trata en realidad de una acomodación del inglés ultramarathon, documentado en el Oxford English Dictionary en 1977, en la obra de James F. Fixx The Complete Book of Running. Por lo que respecta a la lengua española los primeros testimonios se remontan a 1990:

  • Sin lugar a dudas, los corredores de ultramaratón son un magnífico campo de pruebas para la fisiología del esfuerzo. [El Sol, 23/07/1990, 32c; apud Alvar —y, consecuentemente, Alvar2—, que, hasta donde me consta, es el único diccionario en el que aparece recogida la palabra, y donde se define vagamente como ‘carrera de maratón que se corre sobre una distancia superior a la habitual’]
  • El auge del maratón asombró tanto que además existen “ultramaratones” de 100 kilómetros (en los Estados Unidos). [A. Albamonte, Aerobismo para mujeres, Albatros, Buenos Aires, 1990, p. 226]

Sin embargo, como sucede en estos casos, la cronología es relativa y debe tomarse con cierta precaución, dado que siempre será posible descubrir nuevos ejemplos con documentaciones hasta ahora desconocidas. En este sentido, aunque por el momento no dispongo de pruebas materiales, estoy convencido de que la fecha ofrecida podría ser atrasada algunos años, puesto que la primera muestra de ultramaratoniano, ‘persona que corre una ultramaratón’, data de 1989:

  • Catalán es un atleta ultramaratoniano de 40 años, que ha ganado los dos últimos campeonatos del mundo de 100 kilómetros. [El País (España), 1/02/1989]

Al interpretarse como un derivado propio de maratón, y no como un anglicismo, ultramaratón recibe en español el mismo tratamiento gramatical. De este modo hereda su ambigüedad en cuanto al género, que tantos quebraderos de cabeza ha ocasionado a los redactores del DRAE, y que se debe, en definitiva, a la posibilidad de considerar implícito un sustantivo del tipo carrera o prueba. No obstante, parece que en la actualidad el uso femenino es más frecuente, al menos entre los propios corredores:

  • El Parque Natural de La Breña acoge este fin de semana un ultramaratón benéfico en el que primará el espíritu ecologista. [Diario de Cádiz (España), 1/05/2010]
  • Dos días después de la entrevista partirá a Chiloé a correr una ultramaratón, unos 160 kilómetros en cuatro días. [El Mercurio (Chile), 7/04/2012]
  • Rocío no era nueva en el mundo del atletismo, pero sí era la primera vez que corría fuera de su elemento: una ultramaratón de 51 kilómetros en el cerro. [El Comercio, 30/04/2016]

Por último, el cultor de esta prueba de resistencia recibe los nombres de ultramaratoniano o ultramaronista, formados por analogía con los vocablos empleados para designar a los que participan en maratones. En estos momentos no poseo datos definitivos al respecto, pero parece que el primero, del que ya se ha aportado un contexto arriba, es más habitual en el español de España, mientras que el segundo parece ser la forma preferida en el español de América, donde tal vez tenga mayor vitalidad el sufijo –ista, o donde acaso se haya recibido una influencia más directa del inglés –ist:

  • Junto a los mejores fondistas nacionales, encabezados por Érika Olivera, Marlene Flores, Luz Silva, Leonidas Rivadeneira, Carlo Jaramillo y el ultramaratonista Ewein Valdebenito. [El Mercurio (Chile), 4/11/2004]

Desconozco si alguna vez los runners encontraremos límites en la búsqueda de nuevos retos. Creo que no. Ni siquiera han servido de freno las muertes provocadas por la falta de preparación y/o por pensamientos irracionales como los que defienden que el dolor y el sufrimiento, junto a la sola voluntad —Impossible is nothing, reza el eslogan de una conocida marca de ropa deportiva—, bastan para enfrentarse a distancias iguales o superiores a los 42 km. Piénsese, por poner un ejemplo cercano, en que en la primera maratón de Madrid, celebrada en 1978, participaron 4.000 personas, mientras que las inscritas en la edición de 2017 superaron las 37.000. Asombra igualmente que fueran 1.506 los competidores de la Transvulcania 2017, una ya clásica ultramaratón de montaña que se celebra anualmente en La Palma, cuyo recorrido total tiene una longitud de 74,6 km y un desnivel acumulado de 8.525 m. Mientras tanto, la terminología propia de este ámbito va proliferando y calando en la lengua cotidiana, aunque solo sea a partir de sus incontables practicantes y adeptos. De ahí que ultramaratón, junto a ultramaratoniano y ultramaranonista, merezcan un lugar en nuestros repertorios léxicos, incluidos los académicos. Como dicen unos versos de Ramón Alemán: «Hermoso, dulce, feo u horterada / si el término lo emplean regimientos, / un día el diccionario le da entrada».

Mariano Quirós García
Instituto de Lengua, Literatura y Antropología
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (España)

ultramaratón m. o f.

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